Si hay algo que de verdad sea inherente al ser humano desde su existencia es la capacidad de adquirir nuevos aprendizajes y conocimientos y, con ello, el ser capaces de transmitirlos a otros. Da igual el lugar, da igual si es en la calle, en casa o en la escuela.

Vivimos en constante aprendizaje. Aunque cuando escuchamos esas dos palabras mágicas (enseñanza y aprendizaje) es difícil que pensemos en otra cosa que no sea la escuela.

La escuela, esa institución arraigada a nuestra sociedad desde hace siglos y que tan bien conocemos. O eso creemos. Ese pilar básico de nuestra sociedad, de cualquier sociedad. Ya lo decía Nelson Mandela: “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.» 

Desde sus inicios el ser humano ha evolucionado, todo ha evolucionado. Pero la escuela parece por momentos seguir estancada. Los métodos de esta parecen estar arraigados, al menos en nuestro sistema, en la más absoluta enseñanza tradicional.

Un sistema tradicional que nos trata como máquinas, como ordenadores capaces de almacenar cientos de datos y de información, muchas veces inútil, que nos impide hacer algo básico en cualquier persona, razonar.

Quien no ha recitado retahílas en forma de ríos o de poemas (“Con cien cañones por banda…”) Quién no ha tenido que saberse de memoria todas y cada una de las fechas y sus acontecimientos de cualquier etapa histórica.

Y todo ello, ¿para qué? Para memorizar, conseguir una falsa sensación de aprendizaje y después vomitarlo todo en un papel en blanco llamado examen. Y después, ¿qué? ¿Quién se acuerda de todo eso?.

No se trata de despreciar esos conocimientos, sí la forma de trasmitirlos. Y sí, la memoria como parte de la inteligencia que es, se debería trabajar, claro. Pero no de esta forma.

Tratemos de llevar la educación al mundo de hoy, a enseñar a ser críticos, a reflexionar, enseñemos a conocer el porqué de las cosas, más allá que memorizar el simple “qué”.

Tratemos de motivar a los niños a aprender, a que sean capaces de construir su propio conocimiento. A que manipulen, que sean capaces de ver que lo que estudian tiene valor y utilidad en la vida real y que no se limita a quedar escrito en esa hoja en blanco, con una calificación encima.

Porque así es como se trata a los alumnos, como meras notas, como números. Tú sirves y tú no. No somos capaces de ver más allá. Yo me niego. Somos mucho más que eso.

«Me niego a esconderme tras un libro para dar insufribles lecciones a los alumnos… «

Esta es la versión de Dario Rodríguez Mayo sobre un tema tan delicado como es la educación. Os invita a pasaros por su blog PruebaConUnaSonrisa. Si queréis saber mi opinión sobre este tema, tan solo tendréis que pulsar en este enlace

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